Dic

10

Rebotando en el cerro una y otra vez


 

Muchas veces he ido a la montaña con la idea de hacer cumbre o abrir una ruta nueva y he vuelto con las manos vacías y a veces con un aire de derrota en mi espalda que me deja un sabor un poco amargo por algunos días. En todo caso, debo tener el gen del montañista porfiado, porque todavía no llevo un par de horas caminando de vuelta a la casa cuando ya voy pensando en volver a esa ruta inconclusa y como llegar a su esquiva cumbre (aunque reconozco que estoy cada día más viejo y flojo y me cuesta volver).

¿Pero por qué salen mal las cosas?, en mi caso pocas veces ha sido porque la ruta era demasiado difícil, la mayoría de las veces puede ser errores de juicio, el clima o factores externos; como que te cerraron el acceso al valle de arenas (malditos bastardos) y no pudiste llegar ni siquiera al cerro, o la clásica tormenta inesperada de verano que frustra tus planes de vivaquear o te obliga a pasar en la carpa más de un día encerrado esperando que amaine (y el cerro se te fue a las pailas).

 

Subiendo el Cabeza de Novillo con una salida del DAV por la poca nieve que permitía subir.

El terreno era tan malo que desistimos de seguir subiendo pues no encontramos por donde. La lejanía del cerro ha hecho muy difícil pensar en volver.

 En el Cayambe, Ecuador donde una gran grieta nos impidió llegar a la cumbre (lástima que nunca pude volver).

A mí me ha pasado de todo un poco, una bien típica es meternos por un lado equivocado del cerro y quedar varados sin poder seguir y vernos obligados a bajar.

 El flaco Henry luchando por no caer en nuestro primer intento al Punta Sin Nombre por la ruta "Travesía sin amor"

 Henry agarrándose de donde podía para no resbalar en ese terreno horripilante. Un tiempo después entramos por otro lado e hicimos esta hermosa ruta alpina.

Otras veces pasa que (especialmente este año) las condiciones no terminan de estar buenas y por ejemplo hay mucha nieve, entonces voy y reboto una vez, luego espero unas cuantas semanas y cuando vuelvo sigue habiendo demasiada nieve, cada vez más blanda y no hay caso de llegar a tiempo donde quiero.

Incluso hay findes en que simplemente no debiera salir y lo mejor sería quedarme  viendo la premier league, pero el gen del montañista porfiado prevalece, y ahí estoy caminando de vuelta de un cerro inconcluso y pensando “porque cresta no me quede viendo al City!”

A veces me ha pasado que los amigos con que salgo no están en condiciones físicas optimas y ahí los veo a lo lejos avanzar lentamente bajo sus pesadas mochilas maldiciéndome por haberlos metido en esto, mientras se demoran una eternidad en llegar donde estoy y ya sé que no vamos a alcanzar a llegar al objetivo de la salida. Otras veces soy yo el que va más lento y demorando a mi amigo (y si le sumamos un par de ampollas, todo fatal) hasta que llegamos tarde a acampar y con eso se atrasa la despertada y por ende la cumbre queda fuera de tiempo.

Hugo, Paco y Luis (los nombres han sido cambiados para proteger a los inocentes) destruidos en el cerro Manchón. Por ahí hay un proyecto que si me da el cuero, lo hago pronto.

A unos pocos cientos de metros de la cumbre de la sur del Altar en un intento en solitario de dos días Stgo-cerro-Stgo. La mala calidad de la roca me mandó de vuelta.

 5 años después Sergio negociando con nieve dura y algo de hielo en la entrada a la sur del Altar. Esta vez anduve mucho más lento y eso nos costó salir muy tarde y terminamos rebotando olimpicamente.

También me ha pasado que voy a un cerro después de haber visto fotos, estudiado el Google Earth  a fondo, planificado todo muy bien, pero cuando llega la hora de los quiubos, la ruta que imaginaba no sirve para nada y vuelvo con las manos vacías.

Pero la gracia de estos rebotes es seguir intentando, seguir yendo al cerro una y otra vez aunque sea años más tarde que vuelves a ese proyecto inconcluso, porque lo peor que se puede hacer tirar la esponja y quedarse en casa quejándose que todo sale mal.

Eso de él que la sigue la consigue es absolutamente cierto, sino, no hubiésemos podido hacer junto a Waldo Farías la primera (y única) ascensión al cerro Chimbote (5.420 metros), pues nos tocó ir y volver más de una vez hasta lograr la tan anhelada cumbre. No está de más recordar que el Chimbote fue el cerro técnico más alto inescalado de los Andes chilenos hasta nuestra ascensión, y tuvo numerosos intentos desde los años 40 en adelante, incluyendo a algunos de los personajes más ilustres del montañismo chileno como Bión González, Josef Ambrus, Carlos Burrachio o Felipe González. Incluso el mismo Waldo participó en un intento en sus años mozos.

La primera vez que fuimos en el año 2010 nos preparamos a fondo, entrenando mucho y preparándonos física y emocionalmente para el cerro. Escalamos rutas como una variante a la sur del Arenas en el día e hicimos una nueva ruta en el cerro Freile (Inanición) también en el día. Ni hablar de la preparación de la expedición misma, la que fue a conciencia, viendo fotos de expediciones de los años 50 en adelante, leyendo relatos en las revisas Andina del club DAV, viendo mapas y cartas IGM, etc.

Sin embargo, a pesar de toda esa preparación, rebotamos feo (de ahí el nombre del diaporama “Dando bote en el Chimbote”) no logramos hacer cumbre y terminamos frustrados, cansados y yo con un hombro quebrado por un accidente con el caballo durante el regreso. Fue una expedición agotadora en todo sentido y nos tomó casi un año volver a pensar en regresar, ya que quedar a solo un centenar de metros de la cumbre después de un esfuerzo enorme, que incluyó una aproximación épica de 5 días pasando por montañas de hasta 5.000 metros, glaciares quebrados y una escalada terrorífica por roca asquerosa, es realmente desgastante.

 Terminando la escalada para salir al filo del terror.

La esquiva cumbre del Chimbote.

 Rapeleando del filo somital. Al año siguiente volveríamos y haríamos cumbre.

Sin embargo, el maldito gen de la porfiadez humana está demasiado arraigado para que uno deseche un cerro de ese calibre solo porque le fue mal una vez.

Así fue que la última semana de marzo de 2011 estábamos otra vez arriba de un caballo en dirección al Chimbote. Esta vez fuimos por el lado opuesto, partiendo desde el río Olivares y nuevamente subiendo y bajando 5 miles por cuatro días hasta llegar al campo alto a 5.000 metros en la base misma de la última parte del cerro.

La estrategia esta vez fue diferente y planeamos una complicada combinación de caras sur y norte para intentar la cumbre, la que se nos volvió a escapar después de un gran esfuerzo de 17 horas continuas que incluyó escalar roca sellada,  rapeles en nieve y hielo más 4 largos de hielo de hasta 70° para llegar a los tres largos finales de la pirámide cumbrera. Esta vez quedamos a 50 metros de la cumbre en una terraza sellada sin posibilidad de proteger un delicado posible último largo y ya se hacía de noche, lo que nos envolvió en una mezcla de frustración, tristeza, rabia y resignación, pues teníamos que bajar y abandonar la preciada cumbre una vez más (puta que odié ese día).

 

Varios rapeles a oscuras y 7 horas después llegábamos a la carpa totalmente desmoralizados y abatidos. Otro esfuerzo enorme que no servía de nada. Y ya estábamos con la idea de volver, cuando llegó un mensaje de Felipe González al satelital animándonos a hacer otro esfuerzo, pues volver en una tercera expedición sonaba cada vez más irreal.

Cuento corto, un día después repetimos la misma ruta, solo que como los rapeles estaban montados y ya la conocíamos, llegamos a esa terraza con tres horas de anticipación, lo que permitió a Waldo hacer un largo traverse y dar la vuelta al torreón de roca para encontrar una fisura fácil que llevaba directo a la cumbre. Tuve el dudoso privilegio de escalar esa fisura, pues la roca es pésima, no hay protección confiable y la caída es de aprox. 1.500 metros. Llegamos a la cumbre un primero de abril a las 6 de la tarde y de vuelta a nuestra carpa a las 3 de la mañana, más felices que perro con dos colas, pues finalmente el que la sigue la consigue.

 Waldo en la tan ansiada cumbre del Chimbote (el banderín del DAV es alternativo, ya que se nos quedó el original en Santiago).

Pues bien, si no fuese por las continuas veces que tuve reveses y que a la semana siguiente estaba de vuelta, probablemente no hubiese conseguido ese logro. Por eso es importante entender que rebotar no es malo, y nunca se puede o debe hablar de fracaso. Rebotar es simplemente la posibilidad de aprender pues, si uno no logra el objetivo planteado, debe aprender de los errores o situaciones que impidieron llegar a buen puerto y sacar lo mejor de ellas, para la siguiente vez superar las dificultades de la mejor manera.

 Jorge negociando unas grietas en la cara sue este del Halcón Alto al regreso de un frustrado intento.

Si te demoraste demasiado en llegar a esa canaleta de nieve y ya estabas con el sol en la espalda y la nieve blanda cuando empezaste a subir, entrena más para que andes más rápido. ¿No tienes tiempo de entrenar?, elije otro plan y haz un campamento intermedio. Si tu compañero era muy lento y no llegaron a tiempo a la base de la pared, bueno, anda con otro que este en mejor forma o anda en un plan más relajado y disfruta más de la compañía y del paisaje. ¿No fuiste capaz de superar ese paso de escalada?, ok, practica más, aprende nuevas técnicas y vuelve mejor preparado.

Pero, sea lo que sea que te haya pasado, vuelve a intentarlo y no te des por vencido. Las montañas no se mueven tan rápido como para no volver a ellas y la satisfacción de lograr ese objetivo que uno creía imposible es demasiado genial como para no intentarlo, aunque rebotes una y otra vez…

 

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