Sep

20

Volcán Tacora: El Joven Relegado


“En cuanto a la leyenda que lo rodea se cuenta que junto con los volcanes Sajama y Guallatiri , en algún momento fueron galanes que pretendían de amores a dos hermosas Mellizas. Sajama raptó a una de ellas y Tacora lo enfrentó, pero Sajama le acuchilló el vientre dejándole una llaga purulenta. Después de sostener una larga lucha, el dios Pachacamac los convierte en volcanes a ellos y a las mellizas que en esta leyenda son los Payachatas. Dicen que el Guallatiri sigue enamorado de ellas y si uno las mira mucho se enoja y lanza fumarolas por su cráter, en tanto que Sajama continúa con su soberbia y el vientre de Tacora sigue supurando (la veta de azufre del volcán)”

Fuente: Ecured

Relato por Francisca Saavedra. Fotografías por Ernesto Ortiz y Franco Gallardo

 Día 10 Cambio de Planes

Despertamos en el campamento alto del Parinacota a 5.600 msnm. La noche anterior no pude dormir nada debido al viento, el frío, la altura, y probablemente una buena cuota de ansiedad. Sin embargo, esta noche fue probablemente una de las mas reparadoras de toda expedición. Una evacuación no planificada de mi carpa, producto de un deslizamiento de la terraza de arena que habíamos “construido” con mi cordada, me obligó a pedir refugio en otra carpa.

Despertamos ya con el sol instalado arriba de nuestras carpas, y con la velocidad que a estas alturas ya nos caracterizaba, empezamos a desarmar campamento. Cuando iniciamos la reunión de cordadas, todos los militares habían partido hace mucho rato.

En esa reunión tuvimos que decidir si intentar el Pomerape o cambiar de cerro. Una “tentadora” descripción del Volcán Tacora , el agotamiento tras la cumbre del Parinacota y la evidente existencia de muchos pero muchos metros de subida con acarreo, nos llevaron a consensuar el cambio de destino: El volcán Tacora.

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Fotografía por: Ernesto Ortiz

Decidimos bajar al campamento base donde nos esperaban los vehículos de los militares, y tomar rumbo a Villa Industrial. El campamento base del último desafío de la expedición y un antiguo cuartel militar ubicado cerca de la frontera con Perú.

Para nuestra fortuna, había un galpón gigante dentro del recinto. No habían puertas ni ventanas pero aislaba significativamente del viento (el que no nos había dejado dormir en otros campamentos) y del frío (una constante en la zona). Armamos las carpas dentro del galpón, esta vez sin temor a que se desarmaran las terrazas, y me relajé…

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Fotografía por: Ernesto Ortiz

Muy tranquila sentada y conversando, vi que todos llenaban sus botellas de agua, empecé a notar que se estaban preparando para ir al cerro al día siguiente…. ¡pero si según el calendario mañana es día de descanso, y yo estoy agotada!

Día 11 Último Ataque

4:00 AM suenan las alarmas, -la nuestra no porque después de tantos días la batería se agotó-. El jefe de expedición literalmente entra a nuestra carpa para obligarnos a salir a la hora. “¿Por qué estamos tan apurados? Dijeron que era un cerro tranquilo” –me pregunté.

Esta pregunta me siguió todo el día. Un evidente estado de apuro me obligaba a hacer todo mas rápido de lo que mi humanidad y la altura me permitían.

Partimos a las 5:00 AM en nuestro camión amigo, por un camino que duró unas 2 horas. Cuando amaneció notamos que estábamos en plena frontera con Perú, se veían los hitos y se observa en el camino zig zagueante que nos llevaba rumbo al volcán.

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Fotografía por: Ernesto Ortiz

Se suponía que el camión subiría por la cara norte y nos llevaría hasta la base del cráter del volcán, lo que haría el ascenso más corto y fácil. Sin embargo, y para mi desgracia después de haber subido dos cerros y sin haber hecho uso de mi día de descanso, había mas nieve en el camino de lo planificado y sorpresa “¡hay que caminar desde acá, ya no será tan rápido el ascenso”.

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Fotografía por: Ernesto Ortiz

Miré el cerro, como había poca visibilidad asumí que no veía la cumbre, y pensé “bueno, si estoy muy cansada, me devuelvo y listo” (cosa poco creíble, no lo había hecho ni en el Parinacota, donde abrazada de un penitente para no caerme y sin saber por donde atacar el último acarreo, decidí avanzar y llegar a la cumbre). Al poco andar –y digo poco porque seguíamos en el camino de autos tapado de nieve- me di cuenta que estaba realmente cansada. Me dolían las piernas, tenía mucho calor (porque me vestí con todo mi equipo de alta montaña para andar en camión al amanecer, y no me lo saqué al empezar a caminar), el sol pegaba muy fuerte, y yo no quería caminar mas.

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Fotografía por: Ernesto Ortiz

Fui muy atrás durante mucho rato, y sin entender porque los demás iban tan apurados –aunque quizá yo iba demasiado lento-, si el cerro era un paseo (eso me dijeron para rechazar el Pomerape), y teníamos un día de descanso aun que no estábamos ocupando.

Y así pasito a pasito logré llegar al cráter –mi primer gran logro- lugar donde nos iba a dejar el camión inicialmente, a las dos horas de caminata. Aquí descansamos y empecé a notar que no solo estaba cansada, también me estaba frustrando, porque no podía ir mas rápido y sentía que todos estaban muy apurados por hacer la cumbre, bajar, desarmar, y llegar a Putre…”¡¿pero por qué?!”

Desde este punto de descanso se veía lo que nos quedaba: atravesar todo el cráter del volcán, por un atractivo traverse de color verde (aprendí que este color es sinónimo de mucho azufre) y luego una pared de evidente acarreo sin un copo de nieve que llevaba al filo de la cumbre. “En el mejor de los casos atravieso el cráter, ni muerta hago otro acarreo” pensé.

Y ahí estaba. Había cruzado el cráter, tratando de no respirar el azufre que salía por todas partes, e intentando hiperventilar para no apunarme… La cumbre era inminente. “Una pared de acarreo y la hacemos”…

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Fotografía por: Ernesto Ortiz

Volvieron mis ganas de hacer cumbre, pero mis piernas seguían sin responder. Ante mi evidente lentitud, los militares decidieron que yo fuera adelante “marcando el ritmo”. Craso error. Mas presión, menos camino.

Pero la loca idea duró poco. Al poco rato el grupo entero se desarmó y todos partieron caminando hacia puntos distintos. A los pocos minutos se veían personas por todo el ancho de la pared, subiendo sin ninguna lógica o estructura. Las mujeres nos quedamos todas juntas atrás y decidiendo por donde subir. Mi frustración en ese momento era enorme. Estaba cansada –agotada en realidad- habían ocupado mi día de descanso sin dejar espacio para recuperar mis piernas, y mas aun me habían dejado sola ahí, en plena pared, sin tener ni la mínima idea por donde subir. Por primera vez en toda la expedición –y probablemente en mi vida- estaba atrás, sola, cansada y sin saber porque me habían dejado.

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Fotografía por: Ernesto Ortiz

Me junté con las otras mujeres, mi cordada, y tres militares que se quedaron a acompañarnos. Nos sentamos en una de las miles de rocas del lugar, tomamos agua, conversamos, me comí sus raciones de marcha (porque después de 11 días odiaba mis bolsas de cumpleaños), lloré mi rabia y frustración, respiré profundo, y partimos.

Y así, paso a paso, con cuidado de las piedras que soltaban los hombres mas arriba, y con mucho humor, logramos llegar todas las mujeres juntas a la cumbre, acompañadas claro de nuestros dos militares alfa que nunca nos dejaron atrás.

8 tacora

Fotografía por: Ernesto Ortiz

Me gusta este cerro porque desafió a mi mente y gané. Tuve de revertir la frustración que sentía, mi cansancio, y hacer que las ganas de cumbre aumentaran con cada paso.

Esta cumbre tuvo un sabor diferente. En rigor no era cumbre porque no era el punto mas alto, pero la roca del filo estaba en tan mal estado que no quisimos arriesgarnos a seguir subiendo (escalando). Nos quedamos a los 5880 y aunque no era cumbre, el dulce sabor del logro se sintió enorme. Sabía que le había ganado a mi cansancio (evidente y merecido) y a la fuerza de mi cabeza. Dos puntos más para mi.

9 racora

Fotografía por: Franco Gallardo

Arriba, abracé a mi cordada y le agradecí por la cumbre, la expedición, y por ser la mejor cordada posible. Luego, las respectivas fotos de cumbre, de cordadas, de amigos, de niñas, de clubes y Parmes. Todos teníamos algo que celebrar.

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Fotografía por: Franco Gallardo

La bajada fue un manjar de los dioses. El enorme acarreo se transformó en una suave cancha de esquí, y bajamos con largos pasos y suave deslizamiento. En pocos minutos estábamos abajo, otra vez en el camión, abrazándonos por el éxito obtenido, viajando a desarmar el campamento, vuelta a Putre, y el fin de la expedición.

11 tacora

Fotografía por: Ernesto Ortiz

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